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miércoles, 9 de marzo de 2011

una hermosa mentira

                 Parado sobre la sombra que proyecta la planicie en la cima de la montaña más alta, caminaba Chew, el anciano sin piernas, junto a Yuga, su perro, que correteaba a los saltos a un grupo de alígeros peces voladores sin alas. Después de haber pasado semanas caminando ese día, contaba Nian, el mudo, que al dirigirse hacia Jun, el río torrentoso sin agua, siguiendo el cantar de Xia, el pájaro silencioso; el perro de Chew se detuvo a oler una floresta de peonias sin aroma. Cuando Chew por descuido al caminar hollando el páramo acabó por despertar de su vigilia a la más tóxica de las serpientes sin veneno. El anciano apenas alcanzó a ver el destello de la serpiente sin colmillos, que saltó sobre Yuga. En el aereo camino hacia el perro, la serpiente se transformó en flecha, atravesándolo de morro a rabo, dándole muerte de manera instantánea. Al salir de Yuga la flecha con forma de durazno calló al suelo convirtiéndose en una nube, que en lento descenso se acomodó en lo más alto de la bóveda celeste. Continuaron su camino Chew, junto a Yuga; su perro muerto, hasta las orillas del torrentoso río sin agua. El perro muerto lo cruzó a nado mientras que el anciano sin piernas lo cruzó de un solo salto. Fue Wang, el viejo ciego, quién los vio venir a lo lejos. Fue por Wang, que Nian conoció esta historia y fue Nian quién, a pesar de mi sordera, me la desvelo en su profundidad inagotable ese día en el que contemplábamos el cambiar de los pétalos de una flor inmutable. Tal vez haya sido todo una hermosa mentira. O tal vez la mentira haya de ser esa verdad, este mundo en el que esperamos escondidos, mientras nos corren en círculos dos agujas; que al fin de cuentas se harán saber tijeras.

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